Cuando la fuerza de voluntad ni la contemplas para correr

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Nos han dicho que para correr es necesario una gran fuerza de voluntad, para no abandonar en mitad de un entrenamiento duro, para no cambiar un café caliente y una manta por una carrera bajo la lluvia… Y también nos han dicho que sin fuerza de voluntad nunca lograrás mantener la rutina de entrenamiento.

Yo te diré que después de muchos años corriendo no tengo fuerza de voluntad. Cero, pero a la misma vez te contaré porque es determinante, al menos en una parte de tu historia con correr.

Mi fuerza de voluntad para correr ha desaparecido

No necesito autoconvencerme de que debo salir a correr, pero aún así lo hago y es que después de tantos años, salir a entrenar se ha convertido en algo tan cotidiano y habitual como levantarme por la mañana e ir a trabajar.

No hago ningún esfuerzo extra para calzarme las zapatillas y hacerme unas series en la pista, tampoco para competir o para hacer un rodaje lento.

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Puedo decir que lo tengo perfectamente interiorizado como algo más en mi vida y que lo hago de una manera natural y automática, porque así me sale.

Aunque llueva, aunque haga frío o calor. No importa, porque bajo esas circunstancias sigo haciendo mi vida sin necesidad de obligarme.

Es así como la fuerza de voluntad ha desaparecido en lo que conlleva correr, porque no la necesito. No necesito obligarme a salir a correr, porque sale de una manera que ni siquiera me cuestiono.

Cuando llevas muchos años haciendo algo acabas haciéndolo casi sin darte cuenta y sin que te suponga ninguna carga extra. Eso es que lo has convertido en hábito y, además, lo disfrutas.

El papel de la fuerza de voluntad en el running

Aunque con los años el papel de la fuerza de voluntad en el running decaiga hasta desaparecer, no nos podemos olvidar de la increíble importancia que tiene esta en tu desarrollo como persona y deportista.

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El primer día que saliste a correr seguro que lo odiaste, especialmente si eras una persona sedentaria como lo fui yo.

Encadenarías días en los que cumplías con el entrenamiento y días (o semanas) en las que ni se te ocurría ponerte unas zapatillas de running aunque te tocaba hacerlo.

En ese punto la fuerza de voluntad era una pieza clave para que no dejaras de correr, para intentar no perderte ninguna sesión y cuando lo hacías rápidamente te prometías que no lo volverías a hacer.

Te esforzabas, porque no te apetecía lo más mínimo salir a correr 5 kilómetros. No lo hacías porque te apasionaba, lo hacías porque era la única manera de perder peso, de encontrarte bien contigo. Ahí la fuerza de voluntad es la que te empujaba. Esa fuerza que, aunque no querías salir a correr, te impulsaba porque tenías un objetivo: establecer una rutina.

Una vez tienes una rutina bien estructurada es muy difícil que la abandones y por eso la fuerza de voluntad deja de tener cabida. No la necesitas, porque sabes que nunca abandonarás.

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